En la sala de un hospital

PRIMERA NOCHE

Llegué a las 22:30 h, como acordé con mi padre y mi sobrino. Ellos estaban pendientes de cualquier necesidad médica que se pudiera desprender de la situación. El cardiólogo matutino había decidido dejar a mi madre internada en Urgencias para evitar que tuviera otro evento cardiaco. Me pareció bien. Conducente. Me entero de los pormenores que me pueden esperar en el transcurso de la noche y salimos del hospital, mi padre y yo, por un café. Mi sobrino tenía que atender faldas. Yo estaba un poco desconcertado. Si bien no soy nuevo en estos andares, la infraestructura y la logística de este hospital de salud pública había cambiado bastante. Mi mente me había planteado que yo podría pasar la noche sin dificultades, mientras esperaba noticias sobre la salud de mi madre. No. Eso aquí no se puede. Aquí, en esta sala de espera de Urgencias, hay que aprender a ser indigente.

Hace muchos años, cuando era yo un joven rebelde y necio, debí acudir a este mismo hospital. La emergencia: el aire me abandonaba. Una infección en la garganta mal cuidada –no era la primera vez que abusaba de mi juventud– me obligó a reconocer que soy mortal. Estar entre los pasillos sobrepoblados de moribundos, conectado al oxígeno que se pelaba con mis pulmones por regresarme a la normalidad, oyendo cómo los médicos titulares intentaban ser amables con las enfermeras y médicas residentes jóvenes, fue nuevo para mí. Pero ser Paciente –o sea enfermo– no es lo mismo que ser paciente. No se puede decir que sea una de mis virtudes. Pero toca atender esta nueva situación y, aunque mis encuentros laborales con usuarios necios e ignorantes han venido abonando a esa condición, debí armarme de tranquilidad y calma. Sí, es servicio público y uno conoce perfectamente el ambiente. Oh, sí.

Mi padre se retiró a las 00:00 h. Mi madre le dio la bendición y yo me quedé con ella unos diez minutos más, aunque la indicación oficial del guardia de seguridad indicaba que tenía 30 minutos de visita. No se necesita mucha inteligencia para darse cuenta cuando uno estorba. Mi madre no estaba convaleciente. Yo estaba ahí más bien por el hecho de tranquilizarla en medio de ese caos de Hospital de Campaña Militar, en el que los moribundos y algunos desahuciados esperan un milagro del personal médico. Caminé de regreso los pasillos atestados de camillas ocupadas por personas que parecían más bien cadáveres –la mayoría– y me instalé en la sala de espera. De nuevo, no era mi primera vez, pero ya había pasado mucho tiempo desde la última y uno pierde la memoria de estos lugares, tal vez por protección emocional.

Eran ya las 00:30 y, una vez que las personas dedicadas al aseo dieron por terminadas sus tareas de la noche, me aposté en una de las bancas metálicas y frías que tiene este lugar. No importa cuánto te dispongas, la incomodidad de estas cosas es de niveles inquisitivos. Elegí, según yo, la más alejada del resto de las personas. Incluso me felicité por haberme colocado cerca del aire acondicionado. Así estaría fresco toda la noche y el calor no sería un problema. Pues no, craso error. Si bien llevaba conmigo un rompevientos que incluso creía innecesario, la falta de una cobija me colocó en un modo de enfriamiento que mis huesos me reclamaron –aún lo hacen– el resto del día siguiente. No sobra decir que, bajo esas condiciones, la banca se convirtió en un aparato refrigerante. No envejecí gracias a ello, pero es lo único bueno que puedo decir.

Entre las 01:00 y las 02:00, mientras intentaba controlar el temblor provocado por el frío y dar rienda suelta a mi lectura, veía deambular a muchos extraños que, como yo, seguramente, buscaban en la soledad de estos pasillos una calma que a veces llegaba por mero cansancio. Me dispuse a dormitar un rato. Total, mis párpados lo pedían con insistencia y yo no estaba dispuesto a negarles tal petición. Recordé que por inercia había colocado una pequeña almohada en mi mochila, de esas que uno carga consigo en los viajes largos para dormir en el transporte. Un atino. Me alegré un poco y me acomodé en la banca. El desatino: elegí, sin darme cuenta en el primer momento, el sitio que se encuentra justo afuera de la entrada de los baños. Bueno, no dormiré. Me convencí en el instante de que sólo descansaría los ojos. Eso creí.

Un sollozo me despertó –¡sí logré dormir!–. Me fijé, mientras bostezaba, en mi reloj. ¡Había pasado una hora! ¡Sólo una hora! El sollozo me volvió a la realidad del lugar en el que me encontraba y las condiciones que ahí se presentaban. Me dio pena por el hombre que, con la cara entre sus manos, derramaba sus tristezas. Más tarde me caería el veinte de que aquel sonido habita estos lugares. Un poco por desenfadarme y aligerarme la estancia, y otro poco porque mi falta de cortesía ante esas situaciones me abruma, me levanté y salí de la sala. Salí también del hospital. Ya en la calle, me fumé un par de cigarrillos. En ese transcurso, vinieron muchas imágenes de mi memoria. Muchos momentos en los que he acompañado a mis padres –o ellos a mí– a recibir atención médica, urgente y no urgente, a este hospital. Me hizo un poco de gracia la idea de que mi madre conoce estos pasillos al derecho y al revés. Recordé aquella vez en que, encabronada porque le habían pospuesto una cirugía un par de veces, se levantó de su cama y bajó a la dirección del hospital. Ya había llamado a los reporteros de las dos televisoras más importantes de esta ciudad y les hizo un verdadero desmadre. Ese mismo día la pasaron a quirófano. Eso tiene la función pública. De vez en cuando necesitan el acicate de la inconformidad del usuario.

Regresé a la sala de espera con más sueño que calma, pero me restaban tres horas y media –por lo menos– hasta que mi padre viniera a relevarme. Esta vez ignoré mi necesidad por no tener cerca a nadie y me senté en una de las varias bancas ocupadas por pacientes que, como yo, esperaban noticias, buenas o malas. El daño ya estaba hecho. Mi cuerpo ya estaba frío y no pude sino enfocarme en el cansancio de mis ojos, de mi mente, y en lo aporreado de mi cuerpo. Estar aquí es, de cierta manera, una tortura y un golpe de realidad. Hay muchas personas que requieren un servicio médico y, por alguna razón, no hay personas que se apiaden de esta situación social para mejorar los servicios. No tiene que ver esto con los trabajadores de este hospital. Es evidente que hacen el mejor esfuerzo para llevar a cabo sus labores bajo las condiciones raquíticas e inhumanas en las que muchos funcionarios ambiciosos y egocéntricos tienen al Servicio Público. Se merecen todo nuestro respeto, sí, pero también merecen mejores condiciones y salarios menos hambreados.

Para mi sorpresa, logré dormir –no sé cómo– una hora más. Abrí los ojos de nuevo alrededor de las 05:30. Sabía perfecto que ya no sería capaz de dormir más. Me dispuse a retomar mi lectura. Una visita sorpresa me alegró el momento. Una paloma se me acercó. No es que yo tenga ninguna apariencia o virtud de Princesa de Disney. Las aves obligadamente civilizadas van buscando migajas alrededor de los presentes, dormidos o despiertos, con las que alimentarse. Es un poco tranquilizante ver que hay seres vivos que se adaptan a estas condiciones sin ningún atisbo de molestia. Una de ellas, ya cerca de mí, a mis pies, me miró por unos segundos –o eso creí en medio de mi somnolencia–. Lo tomé como un saludo de paz, como una manera de decir que no todo está perdido. El ave retomó su búsqueda y, cuando menos lo esperé, ya había dejado la sala.

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Mi padre estaba por llegar. Me levanté de mi asiento y caminé un poco para desentumirme. Me estiré. Sentí que la sangre inundó mis venas de nuevo y medio desperté. Esto es pesado. Trato de imaginar que sería muy pesado estar aquí varios días. ¿Qué sabía yo?

 
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