En la sala de un hospital

SEGUNDA NOCHE

Eran las 22:35 h, más o menos, cuando mi hermano y yo llegamos al hospital. Mi padre ya nos esperaba. Le sugerí que saliéramos de nuevo por un café y aceptó. Sí hace falta una bebida caliente en medio de estas paredes frías. Sentados en un tocón, mi padre y yo comenzamos a ponernos al día. Mi hermano de pie, frente a nosotros, participaba de las indicaciones, pocas, que debíamos seguir del personal médico. Debimos darnos ánimos para continuar con este régimen un tanto innecesario, pero indicado por un cardiólogo, que mantenía a mi madre, y de cierta manera a nosotros, atada a la sala de urgencias.

Los despedí, a mi hermano y a mi padre, pasadas las 23:00 h. Ya sabía que debía esperar las indicaciones del guardia de seguridad para atender a la visita a mi madre. Me coloqué en la que para mí fue la mejor banca de la sala –no tiene reposa brazos– y coloqué mis cosas a mi lado. Tomé mi celular para continuar con mi lectura –esa Olga Lavanderos me vuelve loco– y me acomodé en el asiento, aunque acomodarse no sería la palabra ideal. Más bien me adapté. Sí, eso, justo eso es lo único que puede hacerse en estos espacios que no conocen de ergonomía porque, claro, son para el pueblo. Pasaron como 30 minutos y el guardia se acercó a la sala. Buenas noches. Los que vayan a pasar a visita con su paciente, hagan favor de registrarse en la lista, que está en un escritorio justo en la entrada de la sala y que hace las veces de control. Así lo hicimos una decena de personas y regresamos a nuestros respectivos lugares. No había caído en cuenta de que ahora somos menos en la sala de espera.

Es muy fuerte ser consciente de la cantidad de carencias que se pueden ver en este tipo de escenarios. Básicamente, el servicio público en cualquiera de sus facetas. Tiene su lógica, por supuesto, si se ve desde los pedestales de la gente bien y los altos funcionarios de la administración gubernamental en turno. Los placeres y las mieles está reservados sólo para aquellos que se atrevieron a pensar fuera de la caja –eufemismo mercadológico para exponer su carita en los medios de comunicación– y los ciudadanos de a pie tenemos que aprender a conformarnos y adaptarnos a ello. Pero no todo es malo en este espacio. El personal médico y los guardias de seguridad están presentes y entregando su mejor esfuerzo para que esto suceda de la mejor manera. Es evidente que, también, muchos de nosotros no sabemos comportarnos civilizadamente y, por ende, nos hacemos las convivencias sociales menos llevaderas.

En punto de las 00:00 h nos levantamos al mismo tiempo todos los presentes. Comenzó el tour por este escenario de guerra civil. Cada uno caminó hacia donde su propio paciente. Yo llegué con mi madre, a quien ya se le nota el enfado por estar en este lugar. No es para menos. Este espacio está saturado de pacientes que están al borde de su último aliento y eso abruma a cualquiera. Si 30 minutos son suficientes para quedarse impactado, pasar dos días y dos noches entre moribundos no es para nada agradable y sí muy traumático. Saludé a mi madre. Me platicó a grandes rasgos y con paciencia –el sonido de los quejidos y de los monitores es, a veces, ensordecedor– lo que los médicos le habían dicho. Estaban siendo optimistas, pero, desafortunadamente, no había cama disponible aún para subirla a un piso en el que pudieran practicarle los estudios necesarios para tomar la decisión de un diagnóstico y un procedimiento correcto. Vaya, que su estancia en Urgencias dependía completamente de que alguien mejorara en otra sala. Vaya suerte. Nos intercambiamos comentarios tranquilizadores, nos dimos ánimos y, por qué no, hasta uno que otro chascarrillo nos entregamos. Tenemos ese hábito cómico para lamernos las heridas. Pasado el tiempo de visita, me despedí de ella y la abracé. Antes de irme le acomodé su antifaz para que pudiera dormir. Sus migrañas se disparan y aquí la luz no cesa –la de las lámparas, por supuesto–.

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Regresé a la sala de espera con más paciencia que el día anterior. Incluso me sentí un tanto realizado porque esta vez había traído conmigo una cobija. Eso y haber elegido la banca correcta me dejaría dormir con mayor comodidad. Pero no, mi suerte está echada en lo que se refiere a espacios públicos y algo, o alguien, termina por entorpecer mi comodidad. En esta ocasión fueron dos cosas, básicamente. Un parto y las puertas. Es comprensible que alguien que recibe una nueva vida –deseada, claro– se sienta alegre y feliz. También es comprensible que esa persona quiera compartirlo con el mundo. Tal vez es un logro importante y no quiere dejar pasar la oportunidad de hacerlo saber. Y así fue. Cerca de las 02:00 h yo ya había terminado de leer mi libro y me dispuse a dormir. La gran mayoría de los presentes hacían lo propio desde sus posibilidades. Algunos en el suelo, otros en su respectiva banca. Uno que otro ronquido, incluso, me hizo sentir envidia. Me pregunté durante toda la madrugada cómo le hacía esa gente para conciliar el sueño si esta situación es por demás incómoda y, encima, el padre alegre no paraba de contar anécdotas en voz baja a la mujer que le acompañaba. Es un murmullo que taladra la calma. Pero bueno, debemos respetar su felicidad. Ah, que rechinar de puertas, parece carpintería… es el dicho que hemos escuchado ante una situación de constante incomodidad. Pues eso. Entre murmullos y rechinidos se me fueron los esfuerzos de pegar el ojo. Pero todo cansa. Hasta la plática. Así que, en un momento en que el padre alegre y su compañía decidieron guardar silencio, mis párpados se vencieron y logré dormir. No fue mucho tiempo. Acaso media hora o cuarenta minutos. Pero bueno, esto no es un hotel para vacacionar y es lo que hay.

Un teléfono sonó. Eso fue lo que me despertó, aunque eso es mucho decir. Si bien esta noche transcurrió sin más emergencias y la sala estaba en completa calma, no faltaron los ruiditos que nos mantuvieran en vigilia. Me desmodorré y salí del hospital a fumarme un cigarrillo. La noche es fresca y se extraña la cama propia. Pero ya eran las 03:45 y sólo restaba aguantar otras tres horas aquí. Respiré profundo, estiré mis piernas y mis brazos, caminé un poco en la banqueta y regresé a mi tortura. Debí pasar el resto de la madrugada cambiando de postura en la banca. Ya me ponía de lado con mi cabeza recostada en mi brazo, ya me recargaba en el asiento y estiraba mis piernas. Una y otra vez. Incesante. Por fortuna el día comenzaba a clarear y los trabajadores matutinos llegaban a cumplir con su turno. Me desperecé con un bostezo largo y me puse a guardar mis cosas. En cosa de pocos minutos llegaría mi padre a relevarme.

Ya en casa me di cuenta de los estragos que hacen ese tipo de estancias en el cuerpo. Mis párpados están hinchados y mis brazos están torcidos. Ni modo. A bañarse en pomada y tratar de recuperar esas horas de sueño. No puedo dejar de pensar que en estas ocasiones nos volvemos realmente vulnerables. Nos damos cuenta, además, de la soledad en la que puede uno terminar en poco tiempo. Sí, una urgencia puede cambiarte la vida.

 
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