La mano peluda

El Antiguo Barrio de Mexicaltzingo fue el escenario de una atrocidad, en la esquina de las calles Colón y Montenegro. Rondaban las 9 de la noche del pasado miércoles 30 de mayo. Un individuo apodado el Peludo, de 40 y tantos años de edad, y su amigo, de nombre desconocido, un tanto mayor, de 70 y un poco más, bebían dentro de sus aposentos. Algo no andaba bien en la cabeza del primero. ¡Cálmate!, fue el grito que se escuchó en voz del septuagenario, suplicando al Peludo que no le golpeara. Según testigos del mismo edificio, los golpes comenzaron a mano limpia. Ninguno se enteraba de la razón porque, según dicen, el Peludo actúa así, por impulso, por mera víscera. La espalda del anciano recibía uno y otro y otro y otro golpe, al tiempo en que mantenía la súplica para que su torturador desistiera. ¡Deja te explico..!, dicen que gritó después de unos minutos de soportar el castigo, ya con lágrimas en sus mejillas y con el tono de voz desgarrado. El individuo de la tercera edad trataba de escapar caminando en círculos en la calle, lugar que había elegido el Peludo para tal acción. Vecinos allegados al hombre de vello corporal prominente, trataban de detenerlo, pero nomás gritando, comentaron otros, pues nadie se atrevió a aproximarse y separarlos, a detener el martirio. ¡Peludo, no mames!, fue una de las voces que intentaron, sin éxito, suspender el acto violento del antes mencionado. Los golpes continuaron, así como la caminata en círculo, el llanto y la súplica. Nada hizo que el Peludo desistiera. Nada. Por el contrario, la situación creció en violencia. A saber si la mano del golpeador se había cansado, éste se introdujo al edificio para, segundos después, salir a la calle con un objeto que parecía una varilla de acero. La espalda del anciano había de recibir ahora los impactos de tal objeto. El llanto del señor no pudo sino aumentar. La voz ya no era la suya, sino la de una víctima en medio del sufrimiento. Incansable, el Peludo decidió hacer privado su cometido. Tomó por las ropas a su compañero y, casi a rastras, lo llevó hacia el interior de sus habitaciones. Dejando la puerta entreabierta, permitió –acaso involuntariamente– que los testigos, llenos de morbo y miedo, observaran la continuación del castigo. La varilla seguía impactándose en la espalda del anciano. El Peludo se supo visto, observado. Azotó la puerta y, segundos después, un silencio sepulcral quedó en la calle y en el interior de sus aposentos. Nadie fue capaz de adivinar lo que había sucedido. Al cabo de unos minutos, las fuerzas del orden público se hicieron presentes, al mismo tiempo que las sirenas de los servicios de emergencia inundaron las calles. Los vecinos, que continuaron a la espera del final de tan penosa situación, le señalaron a los oficiales de la policía municipal dónde es que dejaron de escucharse los gritos. Estos, habiendo acordonado la zona e intercambiado instrucciones, atinaron a derribar una de las puertas que dan acceso al espacio en que se encontraba el par de individuos. Segundos después, salieron con el Peludo en custodia, esposado y aún fuera de la realidad, a juzgar por la expresión de su cara, según se dijo en algunos testimonios. Uno de los oficiales hizo las señas necesarias para que los paramédicos no gastasen sus fuerzas en lo inevitable. La misma varilla que castigó la espalda del anciano fue la que terminó con su vida. Incrustada en uno de los ojos del señor, dio fin a su sufrimiento. El Peludo fue llevado a los separos del Ministerio Público municipal para llevar a cabo las diligencias pertinentes. Un rastro de sangre, visible en una de las puertas del lugar, da fe del suceso.

 
1
Kudos
 
1
Kudos

Now read this

Con los pies bien fríos

Que un lunes cualquiera amanezca con una lluvia helada ya es causa de una flojera que la cama apoya en toda su extensión. Pero además llegar al trabajo con los tenis mojados habiendo atravesado charcos y sorteado zanjas es aún más... Continue →